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AMORES QUE MATAN…

En el reino animal hay algunas especies que tienen una forma muy particular de reproducirse.

La necesidad de cualquier especie de perpetuarse mediante el apareamiento y el acto sexual lleva a que los rituales amorosos y los actos sexuales muestren algunos de los más curiosos comportamientos en el reino animal.

En este caso, la Mantis religiosa es un insecto conocido por su fuerza poco común y vista muy aguda, con ojos especialmente diseñados para detectar el más mínimo movimiento.

Poseedora de un apetito voraz capaz de devorar ranas y dominar a pájaros pequeños, es también capaz de devorar al macho durante el proceso de la reproducción.

El macho muchas veces pierde la vida en su intento de reproducirse, lo que demuestra una vez más que el impulso de reproducción es más importante que el de supervivencia.

Siendo más pequeño que la hembra el macho debe acercarse a esta con mucha prudencia, sin que ella lo note.

Cuando esta ya esta a su alcance el macho debe actuar sin perder tiempo, y lanza su asalto a medias corriendo a medias volando.

Si además de tener suerte es suficientemente rápido logrará saltar sobre el lomo de la hembra.

Una vez sobre esta, ubica su primer par de patas dentro de pequeñas muescas ubicadas en la base de las alas, sosteniendo de esta forma fuertemente a su compañera.

Tanteando con su abdomen, busca la extremidad del abdomen de la hembra, luego de algunos intentos las dos placas de la vagina de esta se separan.

El macho encuentra la abertura e inserta su órgano sexual, el que está cubierto de púas.

Si tiene suerte esta vez, luego de unos instantes el macho desplegará sus alas y con varios ruidos secos levantara vuelo y se alejara sano y salvo.

En caso contrario, los brazos de la hembra saltarán y lo apresarán sosteniendolo boca arriba bajo ella, apretado por su cuerpo.

Aún cuando la hembra ya haya comenzado a devorarlo el macho igual deberá copular con ella.

La hembra comienza a devorarle primero los ojos siguiendo con la cabeza, destruyendo un determinado racimos de nervios que se encuentran debajo de la garganta y que controlan el comportamiento sexual inhibiendolo.

Esto provoca que el macho comience a sacudirse y a patalear hasta que consigue darse vuelta para alcanzar la vagina de la hembra con su órgano sexual.

Mientras la hembra lo va devorando el macho sigue apareandose con esta, hasta que la vorasidad de la hembra no dejan vestigio alguno del macho.

Queda demostrado así que determinadas especies del reino animal llegan a perder la vida en su afán por transmitir sus genes.

Extraido de la Colección Conozca Más
Nº 15- Secretos del Mundo Animal


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